El adiós de Laumann: cuando la arrogancia tiene fecha de vencimiento

El adiós de Laumann: cuando la arrogancia tiene fecha de vencimiento

Finalmente se fue Laumann. Y la noticia, que en otro contexto podría ser apenas un trámite administrativo más, merece ser leída con atención porque condensa varias lecciones sobre cómo se ejerce el poder en Entre Ríos y cuál es su límite. Por Renzo Righelato*

Santiago Laumann renunció a la vocalía del Consejo General de Educación, cargo al que había llegado con el aval constitucional del Senado al inicio de la gestión de Rogelio Frigerio. La versión oficial es prolija: diferencias con el nuevo presidente del organismo, Carlos Cuenca; tiempo cumplido; objetivos alcanzados. “Uno ya cumplió un tiempo, objetivos y es hora de dar un paso al costado”, fue la frase con que el propio Laumann despidió su paso por el CGE.

Pero hay una historia anterior que no conviene olvidar.

Cuando a comienzos de 2024 su pliego llegó a la Comisión de Acuerdos del Senado, los organismos de Derechos Humanos impugnaron su candidatura. No lo hacían por razones académicas o de idoneidad técnica. Lo hacían porque Laumann era, y es, parte de un espacio de pensamiento negacionista. “No puede ser consejero educativo alguien que integra y milita en un espacio negacionista, que niega la memoria y discute la justicia sobre los crímenes de la última dictadura”, dijeron entonces con claridad meridiana quienes alzaron la voz.

La advertencia no fue escuchada. Frigerio apostó por él de todas formas y el Senado le dio el aval. Laumann asumió como vocal de un organismo que fija las políticas educativas de toda una provincia. Un organismo que decide qué se enseña, cómo se enseña y con qué valores se forma a las nuevas generaciones.

Pero la historia no terminó ahí. Lo que vino después fue, quizás, el capítulo más revelador del personaje. Cuando el Senado abrió el proceso de impugnaciones y el cuestionamiento público creció, Laumann no optó por la humildad ni por el diálogo. Eligió el desafío. Se paró frente al cuerpo legislativo y habló de calumnias e injurias. Convirtió su audiencia pública en una trinchera. Creyó que la mejor defensa era el ataque, que la indignación de quienes lo cuestionaban era sólo un arma política y no un reclamo genuino de una sociedad que no quiere ver a un negacionista al frente de su educación.

Esa actitud dijo mucho más sobre Laumann que cualquier currículum o declaración de principios.

Y ahora se va. Casi no asistía a las reuniones del organismo en el último tiempo. La relación con las nuevas autoridades del CGE se había cortado. La salida era cuestión de forma, no de fondo.

El desenlace invita a reflexionar sobre algo más amplio: los costos de designar funcionarios cuya idoneidad política resulta cuestionable desde el origen. El gobierno de Frigerio le dio a Laumann una oportunidad que él mismo desperdició, no por falta de capacidad, sino por una combinación de soberbia y de ideas que chocan de frente con el mandato de construir una educación inclusiva, democrática y con memoria.

La educación pública entrerriana se merece algo mejor que funcionarios que debaten si los crímenes del pasado existieron o no, y que responden a la crítica ciudadana con amenazas de querellas. Se merece referentes que lleguen al cargo dispuestos a escuchar, a rendir cuentas, a construir.

Laumann se va. Y la pregunta que queda flotando, mientras su renuncia transita los pasos de rigor en el Senado, es si quienes lo designaron aprendieron algo del episodio.

La democracia tiene sus tiempos. Y la arrogancia, finalmente, los suyos.

*Renzo Righelato, director periodístico de AIM.

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